domingo, 18 de noviembre de 2012

Soy dieciochesco

De toda la vida he sido un gran admirador del siglo XVIII, a pesar de que siempre ha sido denostado en literatura, que es mi ámbito. Siempre he reivindicado a estos pobres escritores que con el tiempo nadie ha querido, porque puede que no fueran muy originales, pero eso no quiere decir que no escribieran cosas interesantes. Además, la originalidad está sobrevalorada. Yo creo que ya no hay nada menos original que buscar la originalidad. Y es que en la búsqueda de la novedad se han perpetrado unos bodrios insufribles, que no pienso nombrar porque queda fatal decir que no te gustan ciertas obras de fama mundial. Los artistas del XVIII querían seguir las reglas y explicar sus cositas sencillas de manera que todo el mundo los entendiera, y claro, así les ha ido, porque en el arte si te haces entender, estás perdido. Eso explica por qué a todo el mundo le gustan las letras de Manolo García: porque nadie entiende lo que dice, y así todo el mundo puede dar su versión mística del asunto. No hay que confundir esto con lo que le pasa a Shakira: nadie la entiende, pero no por unas letras difíciles, sino porque las pronuncia en un idioma desconocido. Ahora dice que cantará en catalán en honor a su novio, el fubolista del "piquetón". Pobre lengua catalana, ahora que parecía que se estaba recuperando...

Pero volviendo al siglo XVIII, creo que si nos lo hubiéramos tomado más en serio no nos sorprendería lo que está pasando actualmente. Porque, salvando ciertas diferencias, todo se parece mucho a lo que pasa en nuestros tiempos. En el XVIII había unos señores llamados ilustrados y afrancesados. Estos decían que todas las formas culturales, económicas, sociales o gubernamentales pasadas estaban mal organizadas, y que había que cambiar todo eso en nombre del progreso y de un futuro mejor. El lema de estas buenas personas que ocupaban el poder era todo para el pueblo, pero sin el pueblo, por lo que se dedicaban a cambiar lo que les venía en gana sin escuchar lo que le apetecía al susudicho populacho, gente poco preparada, inculta, sucia, fea y mocosa, que dijo Carlos III. Entre las mejoras para ayudar a la gente, creían en el mercado abierto y libre de controles. No voy a negar que hubo alguna reforma educativa que podríamos considerar útil, pero claro, cuando Carlos IV se asustó con las libertades de los vecinos allende los Pirineos (y con la cabeza de María Antonieta rodando por los escalones), su valido, el Ministro Godoy, impuso la censura de prensa y el control de la ideas. Al final, las reformas se fueron al retrete y nada se solucionó, porque nos invadieron los franceses. Y ahí la profusión de ilustrados, ministros, afrancesados y reyes desapareció, porque de los franceses solo nos libraron los guerrilleros salidos de ese pueblo lerdo y palurdo que no servía para nada. Que como dice la copla,

Con las bombas que tiran 
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.
Que las hembras cabales
en esta tierra
cuando nacen ya vienen
pidiendo guerra.
Y se ríen alegres
de los mostachos,
y de los morriones
de los gabachos.
Y hasta saben hacerse
tirabuzones
con las bombas que tiran
los fanfarrones.

Que es una seguidilla aromanzada bien bonita, ¿verdad? Bueno, ¿y a qué viene esta parrafada tan larga e histórica? Pues porque ahora estamos viviendo lo mismo. Resulta que nos han dicho que todo lo que teníamos (pensiones, educación, sanidad, legislación laboral...) estaba mal y era imposible de mantener. Pero ahí están ellos, los reformadores, que saben hacia donde dirigirnos al progreso. Curiosamente, también sus reformas pasan por el liberalismo económico, y ya puede haber tropecientas mil manifestaciones de ciudadanos pueblerinos en desacuerdo con las medidas: son pobres incultos que, en palabras de Soraya Saenz de Santa Maria (la nueva Ministro Godoy), el Gobierno escucha, pero no puede asumir sus preocupaciones, porque tienen un programa reformista que cumplir. Eso es el todo para el pueblo, pero sin el pueblo del siglo XVIII, pero que ahora nos venden en el siglo XXI con barnices nuevos y olores rancios. Porque esa es otra, aquí nos llaman para votar cada cuatro años, y luego en casita callados, porque quejarse queda fatal y está anticuado.  Ahí es fácil ver lo de la censura del XVIII en el XXI, en lo que se ve en los medios y se dice oficialmente desde el Gobierno. Porque yo no me creo que la especie humana haya llegado a la luna y haya descubierto la Partícula de Dios, y no sea capaz de calcular los asistentes a una manifestación con un margen de error que no parezca la población del continente africano. Por ende, falta de todo, pero nunca ministros, consejeros, subdelegados, banqueros, empresarios, cuñados y gente inteligentísima que sabe lo que hay que hacer y, consecuentemente, cobra una millonada por ello.

En lo que sí tienen razón es en que la culpa es nuestra. Si hubiéramos hecho más caso a lo que pasó en el XVIII, ahora nos luciría el pelo de otra manera. Porque el resultado ya auguro yo que será el mismo: el pueblo seguirá siendo pobre e inculto (sobre todo, con la nueva reforma laboral y los recortes en educación), y nos sobrarán intelectuales de medio pelo para reformar según su conveniencia, hasta que se arme gorda de verdad, momento en el que nos tendremos que salvar nosotros mismos. Solo una cosa les concedo a los ilustrados del XVIII que no puedo decir de los "reformistas" del siglo XXI: las buenas intenciones de aquellos, a veces, leyendo sus escritos, me las creía.

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