viernes, 1 de febrero de 2013

Soy amante de los autobuses: estancia y regreso

En primer lugar, pido disculpas por tan largo tiempo sin escribir, pero he estado ocupado intentando aprobar una materia fundamental: Tramitología en México. Ya comentaré en otro momento cómo me ha ido, mas ahora quiero explicar cómo fueron mis vacaciones en Hermosillo y el regreso a mi nueva casa.

Pasar unas vacaciones en Hermosillo es como pasarlas en un pueblo en el campo: no sabes muy bien a qué vas, pero tienes claro que vas a comer como un cerdo. Y es que en Hermosillo, capital de Sonora, el turismo consiste en visitar sus hermosos paisajes y sus puestas de sol, pero poca cosa más. Al menos, con los oriundos de la zona, porque el plan habitual consiste en reunirse a comer carne asada, juntarse para preparar carne asada, ir a comprar para preparar carne asada y, si sobra tiempo tras semejantes atracones, planear futuras carnes asadas. Delicioso, aunque poco variado. A decir verdad, a veces se realizan otras actividades, tales como ir a comer burros percherones, taco-fish, carne con chile o cagüamanta (y que me disculpen si no se escribe así, pero así me suena al oído). Toda una ruta gastronómica, que se riega de litros y litros de una cerveza que yo llamo agua con gas, porque está tan floja como el pis que te produce cada media horita.

Menos mal que Alex es una persona leída y escribida, por lo que decidimos llevar a cabo una actividad no gastronómica: visitar el MUSAS, el Museo de Arte de Sonora. Un edificio moderno, impresionante, con un diseño atractivo, exposiciones interesantes... y vacío. Ni un alma. Ni moscas, por no haber. Estuvimos solos el 90% del tiempo. Y no tiene ausencia de público por ser caro: es gratis. Totalmente gratuito. No es que me guste criticar, pero no creo que estos datos dejen en buen lugar el índice de interés cultural de los hermosillenses. Esto teniendo en cuenta que, aparte de lo que puedas encontrar en grandes centros comerciales (estos sí, atestados de gente), solo hay una librería en la ciudad. Justo es decir que la Universidad de Sonora tiene algunas librerías especializadas, pero considérese que Hermosillo tiene más de 800.000 habitantes...

Una cabaña parecida a la que alquilamos en Heber-Overgaard.
Eso sí, la juventud de Hermosillo es divertida, entretenida y osada. Es por eso que nuestro grupito de siete personas decidió pasar Año Nuevo en Arizona, en un pueblecito en la montaña nevada. Para llegar,alquilamos un coche, lo cual fue otra gran aventura llena de generosidad y altruísmo en la que no voy a entrar. Se podría escribir una novela del viaje. En primer lugar, nos pararon en Nogales, en la frontera con USA, para revisar los visados de mis amigos mexicanos. Mas, al ser yo europeo, no requiero visado, sino enseñar el pasaporte y haber rellenado unos datos por internet. El problema es que los policías fronterizos no están acostumbrados a que entren europeos por tierra, y baste decir que uno de ellos, que nos paró un tiempo después, exclamó al recibir mi pasaporte una sonora expresión que aún retumba en mi cabeza: What the fuck!? El caso es que en aduanas nos pasaron a una especie de cárcel (eso sí, con muchos please y amables cartelitos explicativos) para comprobar nuestros datos y revisar nuestro coche.

La cosa hizo que nuestro viaje se alargara bastante y, horas después, llegó el momento épico: dos de la madrugada, todos medio dormidos, y yo conduciendo un coche alquilado en mitad de una tormenta de nieve que no dejaba ver más allá de dos pasos. Me ofrecí a hacerlo porque, aunque no tenía un permiso de conducción válido en USA, era el único que había vivido en una montaña y que había visto nieve habitualmente. Yo no decía nada mientras todos dormían, pero nos imaginaba hechos papilla en el fondo del próximo barranco, que era imposible ver con la nieve. El coche patinaba, literalmente, sobre la nieve congelada. Me sobró peligro como para no practicar deportes de riesgo nunca más.

En fin, que nuestra estancia posterior fue estupenda, ya se supone, era todo precioso. La vuelta a Hermosillo no tuvo mayor problema, más que la prisa por que Alex no perdiera un avión, historia esquizofrénica que ya contaré en otra ocasión. Lo que cierra este ciclo es mi regreso al DF, que hice en autobús para ahorrar, y que duró, más o menos, 31 horas. Sí, así es. Muchos amigos se echan las manos a la cabeza cuando lo explico. Pero, la verdad, después de pasar dos horas conduciendo en la tormenta de nieve, encontré ese día y medio de viaje un paréntesis de relax casi merecido. Y es que, como dice el refrán, cada uno cuenta la feria como le va en ella.

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