miércoles, 6 de marzo de 2013

Soy treintañero

Cumplir años es una de esas cosas que nos hacen mirar atrás y acometer un balance de la vida hasta el momento presente; lo mismo ocurre la noche de fin de año o, para los que seguimos en la vida académica, el día que acaba o que comienza el curso escolar. Esta sensación entre nostálgica y esperanzadora es todavía más fuerte cuando se entra en una nueva década. Y hoy se cumple una semana desde que cumplí años y soy, oficialmente, treintañero, por lo que puedo relatar brevemente qué he sentido y qué he recordado esta semana.

Cuando yo era adolescente me imaginaba los treinta años como una época de consolidación. Pensaba que  entonces tendría un hogar feliz, con una pareja que me quisiera y un trabajo que me gustara, y, por supuesto, que no tendría problemas económicos. ¡Ah, dulce inocencia de la pubertad! Nunca tuve menos problemas con el dinero que en aquella época. Ahora veo amontonarse las facturas y los plazos de la hipoteca y sueño con una máquina del tiempo que me devuelva a esa edad, cuando lo peor que me podía pasar era no poder ir al cine. Lo más desagradable es que la solución es la misma que a los 15 años... "¡Hola, amados padres! ¿Podéis darme dinero?". En realidad, lo único que han cambiado son los gastos, pero no las consecuencias de no poder afrontarlos...

Es cierto, por otra parte, que lo del trabajo y lo de la casa propia sí que lo conseguí, incluso mucho antes de los treinta: a los 23 tenía mis oposiciones, y a los 27, mi pisito. Aún más, tener piso me ha llevado a la relación más estable de mi vida: la que mantengo con el banco, que durará, plazos mediante, hasta el mismo año de mi jubilación. Ya se sabe: lo que la Hipoteca ha unido, no lo separará jamás el hombre. Pero, volviendo a trabajo, está muy bien tener una ocupación segura para toda la vida. Lástima que mis circunstancias hayan sido otras, y que no me lo pueda traer a México... Pero bueno, visto por el lado positivo, siempre tengo dónde volver si todo lo demás falla.

Una de las cosas más problemáticas de cumplir treinta años, sin embargo, no es el choque entre lo que uno esperaba y lo que uno tiene. Lo más difícil, como dice Maitena, es lo que le pasa al envase: nuestro cuerpo se niega a ser lo que era a los quince años. Las enfermedades nos postran en la cama y las resacas nos duran toooodo el domingo... Pero sin duda lo peor es que ahora nos molesta el ruido, nos quejamos si hay fiesta en casa hasta las dos, no nos apetece comer guarrerías, nos horroriza la suciedad... Sí, amigos: nos hemos convertido en nuestros progenitores. En mi caso, me sorprendo diciendo frases maternas que juré y perjuré no decir jamás, lavando todo lo que se puede lavar en casa o haciendo comida en masa para congelar. Y yo me pregunto: vale que "el tiempo vuela", pero... ¿es necesario que me aplaste como si lo hiciera en un avión transoceánico?

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