jueves, 11 de abril de 2013

Soy cocinero (malo)

Odio cocinar. En serio, lo detesto. Y, por extensión, las cocinas no me parecen nada del otro mundo. Cuando están nuevas y limpias puedo pensar "¡oh, qué bonita es!", pero, en serio, no me imagino cocinando en ellas feliz y contento. Paradójicamente, paso muchas horas en mi actual cocina, sobre todo fregando cacharros sucios, cosa que tampoco soporto, pero aguanto mejor que verlos acumulados y llenos de grasa.

¿Y qué tiene que ver esto con México? Pues que, desde que estoy en el DF, cocinar se ha vuelto aún más complicado. La culpa de esto la tiene en parte que vivo con un cocinero magnífico, de esos a los que les sale bien todo y que son capaces de inventar cosas nuevas. Yo no. Me limito a hacer lo que ya sé y, si algún día me propongo hacer algún plato español, que los hecho en falta, me ajusto a la receta como si me fuera la vida en ello. ¡Cómo sufro, Señor, cuando intento hacer por primera vez un cocido, unas habichuelas, unas migas...! Porque no es que me lo vaya a comer solo yo, es que el prodigio de la cocina que vive conmigo tiene que comérselo, y eso me provoca una tensión que para qué. Cocinar para otros es lo que me ha costado más siempre. Eso sí, si sale rico, no puedo evitar querer que lo pruebe todo el mundo, en plan niño chico: "¡Lo he hecho yo! ¡Lo he hecho yo!". Sí, soy así de incoherente.

Otra cosa bastante desesperante es ayudar a cocinar a un mexicano. Y lo digo porque, en primer lugar, no todos los utensilios y los alimentos se llaman igual. Ahora ya no tanto, pero al principio era un diálogo de besugos. Ejemplo:

-Esto ya está. ¿Lo pongo en una fuente?
-¿En cuál, en la que está en medio de la plaza?
-Me refiero a esto (señalando, en plan hombre prehistórico, uka, uka).
-Eso es un refractario (primera noticia). ¿Puedes poner los platos?
-Ajá (y saco dos platos llanos normales).
-No, esos no, estos.
-¿Eso no son cuencos?
-No, son platos hondos. Y pon aceite para calentar los frijoles, por favor.
-¿De este? (Señalando el de oliva, el de allá, vamos).
-¿De oliva a los frijoles? Del normal, que ese es caro.

Y así hasta el infinito. Si a eso le sumas que voy preguntando todo porque no sé cocinar, entiendo que al final el otro se altere, pobre, al lidiar con mis preguntas, unas pertinentes y otras, no tanto. En fin, como dicen por ahí: "Diosito, dale paciencia para no desesperar".

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