lunes, 6 de mayo de 2013

Soy (casi) bibliotecario

Ya he comentado alguna vez que el ruido en las bibliotecas de la UNAM es una de las cosas más molestas que uno se pueda imaginar, pero hoy me voy a dedicar a explicar específicamente cómo es una de las bibliotecas en las que, para mi desgracia (y debería ser mi placer), pasó gran parte del tiempo: la Biblioteca Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía y Letras.

El bueno de Samuel Ramos fue un filósofo mexicano que terminó dirigiendo la Facultad, allá por los años 40. Supongo que como filósofo este estupendo señor era partidario del pensamiento racional y organizado, por lo que me estremezco al pensar lo que le ocurriría a D. Samuel si volviera de entre los muertos, al más puro estilo zombi, e intentara entender los criterios que rigen la ordenación de los libros de la biblioteca que lleva su nombre. Como mínimo, se dedicaría a morder a todos los que trabajan en dicho lugar, y con suerte el virus de los no-muertos los llevaría a pasearse por las calles del DF, dejando de lado su nefasta labor como bibliotecarios.

Y es que la Biblioteca de mi facultad es, como dice el lugar común, un caos. En primer lugar, y en contra de cualquier criterio lógico, es imposible renovar los libros por internet. Prácticamente cualquier biblioteca de la UNAM permite la renovación electrónica, pero Letras, no. El motivo por el cual esto acontece, sobre todo teniendo en cuenta que todo el catálogo está informatizado, escapa a mi comprensión y a la de cualquiera que pertenezca a la especie humana. Porque lo peor es que el funcionamiento de ese catálogo electrónico es, cuanto menos, absurdo. Ejemplo: buscamos La obediencia nocturna de Juan Vicente Melo, importante escritor mexicano que, por lo tanto, casi nadie conoce. Según el catálogo, hay tres ejemplares: uno prestado y dos "en estantería" [sic]. Uno camina a la estantería correspondiente esperando ver dos ejemplares... ¡Error! ¡A quién se le ocurre pensar que lo evidente es lo probable! Los libros no se hallan en el indicado lugar. No están. Paso siguiente: preguntar al responsable. Y este te dice: "¡Ah! Pues o están prestados, o los han robado... (textual). Le indicas que el catálogo dice que hay dos "en estantería". Respuesta, y aquí viene lo gordo: "Bueno, el catálogo no está actualizado, no te guíes por lo que dice, porque nunca coincide con la realidad". ¡Claro, cómo no se me ocurrió antes! Pero entonces... ¿¡para qué narices sirve el catálogo!?

Desde fuera, la Biblioteca no nos da pistas del horror que
en ella se oculta...
Se me olvidaba añadir en el proceso anterior otro interesante fenómeno de nuestra biblioteca, que afecta, ahora sí, a los que trabajan en ella. Parece ser que un requisito fundamental para entrar en estos puestos es no conocer el orden alfabético ni el numeral. Tal cual. Porque si no, no se explica que ningún libro esté en su sitio, que los libros cuya signatura empieza por V estén antes o intercalados que los que comienzan por U, y que uno busque por XXXX.25 y aparezca antes que XXXX.2. Y no me lo estoy inventando, me ha pasado muy frecuentemente. Para ser justos, algunos usuarios que merecerían la muerte (y no exagero) "ocultan" los libros que necesitan cambiándolos de lugar, pero muchos otros fenómenos son a todas luces de ordenación, o, mejor dicho, de falta de la misma.

Por todo ello, mis mañanas y mis tardes en la biblioteca se me van en sacar libros que encuentro mal puestos, hacer una montaña y llevarlos al carro, para que los vuelvan a colocar, con la ilusión de que esta vez vayan a parar a su sitio. Y es que la esperanza es lo último que se pierde, y parece que yo crecí con grandes cantidades de esperanza... y quizá de paciencia. Aunque creo que nuestra biblioteca va a acabar por dejarme sin reservas de esta última.

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