martes, 20 de agosto de 2013

Soy memorioso

Cualquiera que me conozca sabe que me gusta mucho hablar. Sé que puede ser un defecto, pero yo necesito la conversación, al extremo de que a menudo el silencio me parece incómodo, una muestra de que a la persona que me acompaña le desagrada mi compañía. Por eso cuando me pongo nervioso hablo no ya por dos, sino por tres o cuatro.

Gracias a ello, sin embargo, las personas a mi alrededor me cuentan muchas cosas, y además, me gusta mucho escuchar, sobre todo, a mi familia. De niño me gustaba estar atento a lo que contaban mis abuelos y mis padres sobre sus vidas o, por qué no, sobre la mía, cuando era demasiado pequeño como para guardar ciertas cosas en la memoria. Yo conozco montones de historias sobre cómo se conocieron mis abuelos y cómo se casaron, cómo se las apañaban para llegar a fin de mes, qué comían en la desolada posguerra, qué inventos hacía mi abuelo para que sus hijos estudiaran, cómo mi abuela iba a la peinadora cada mañana para que le hiciera un moño. He escuchado a mis padres relatar la vida cuando estudiaba en colegios fuera de casa, los suspensos que tuvieron, los exámenes de oposiciones, la popular "mili", las farras con sus amigos. Me han explicado muchas veces sus viajes de seis o siete personas en coche de Jaén a Colonia, en Alemania, y el regalo de mi abuela paterna cuando me bautizaron, una bicicleta que no pude usar hasta los 8 años. De todas esas cosas, y muchas más, me enteré porque pasé tardes enteras hablando con ellos y escuchándolos.

En muchas novelas se recurre, igualmente, a la misma imagen-cliché: la familia reunida por la tarde, sentada cómodamente y conversando al calor del hogar. Menos idílico, pero igualmente conversacionales, se me presentan las escenas en el pueblo de las familias sentadas en la puerta de la casa, luchando contra el calor, comiendo pipas y contándose esto y aquello, lo que cada uno pudiera recordar. Todas esas cosas conforman la memoria y llenan la vida de recuerdos. Las escenas de familias en las que sus miembros, cada cual con su teléfono móvil, permanecen en habitaciones diferentes, cada una equipada con ordenador y televisión, conforman una realidad muy actual que contrasta muchísimo con lo anterior.

Hoy en día, eso sí, nos comunicamos mucho más: facebook, wathsapp, aplicaciones que no sé ni escribir, videoconferencias... Y, sin embargo, me viene a la mente una viñeta de Maitena en la que la chica preguntaba a la madre que cómo se comunicaba la gente antes de internet y las nuevas tecnologías; la madre, muy tranquila, le comenta: "hija, la gente no se comunicaba, se hablaba". 

No es con afán de crítica, es solo testimonial, pero creo que efectivamente nos comunicamos mucho y hablamos poco, y mucho menos con las personas de nuestro entorno familiar: nuestros padres, abuelos, hijos, primos... El problema es que, por lo mismo, ya no tenemos memoria: en España era raro que mis alumnos, jóvenes de 17 y 18 años, supieran cómo vivieron sus abuelos la guerra civil, en qué bando lucharon o por qué, o cómo vivieron sus padres la transición. "Eso es historia antigua", dicen algunos. Pero sus padres  y sus abuelos, en su mayoría, viven.

Esta reflexión me vino a la mente con la tan cacareada reforma energética mexicana, aunque parezca mentira. Yo no tengo la máxima verdad sobre el asunto porque lo veo todo a través de mi condición de extranjería, pero sí que tengo bastante claro que lo que se está haciendo es un atentado a la Memoria: a la de la lucha revolucionaria, por supuesto, pero también a la propia historia del petroleo en México, de su nacionalización, de su idiosincrasia. Escuchar la propaganda oficiosa diciendo que ahora se cumplirá el propósito de Lázaro Cárdenas no solo es un disparate, sino también un ataque contra la memoria colectiva, una memoria que no se enseña en las escuelas (parte innegable, por desgracia o por suerte, del aparato estatal), sino en el conocimiento de aquello por lo que lucharon los padres, los abuelos, los héroes del México del pasado. Una memoria que pretende rehacerse, destruirse y reconstruirse, pervertirse, utilizarse...

Yo no conozco tanto la realidad social de México como para saber si sus jóvenes han recibido esa Memoria. Pero quizás sería bueno que todos nos dediquemos a hablar un poco más con nuestro pasado, aunque sea a costa de comunicarnos un tanto menos con nuestro presente.



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