martes, 11 de diciembre de 2012

Soy profesional

Quedan más o menos cuatro días para que salga hacia el país que va acogerme durante los dos próximos años, México. Ha sido un camino largo y difícil a causa de los trámites administrativos, que aún no están resueltos del todo: entre llamadas a la Embajada de México en Madrid, correos electrónicos con el Consulado de México en Barcelona y conversaciones por chat con Alex para que llame por teléfono a todos los organismos oficiales conocidos en México, mi vida se parece más a la de un teleoperador que a la del feliz estudiante enamorado y becado que debería ser. Por cierto, gracias, Alex, por dedicar tu tiempo a contactar con burócratas mexicanos de índole diversa. Es algo que la experiencia me ha dicho que no resulta grato, sean mexicanos, españoles o conchinchinos.

Tanto trato con funcionarios de la administración me ha hecho pensar en el tema de la profesionalidad en el trabajo. Aclaro que yo soy funcionario de educación, y mi opinión sobre el odio al funcionariado es que la gente es tonta. Así de claro. Porque no se parecen en nada un funcionario de educación, uno de sanidad, un bedel, un juez y un administrativo. Todos son funcionarios, pero no todos cobran un pastón y no hacen nada, como dice el mito, ni nuestro trabajo se parece en absoluto. Lo que sí hay o no hay en cualquier trabajo, sea como funcionario o no, es profesionalidad.

Muñequitas con diversas profesiones. A juzgar por su cara,
no tienen ningún problema con la nueva reforma laboral.
A mí siempre me ha gustado intentar hacer bien mi trabajo. Creo que es un orgullo para un trabajador ser bueno en su oficio, y que ese saber hacer profesional es el que legitima cuando es necesario reivindicar alguna cosa. Eso no quiere decir que no existan los errores, o aspectos que no se pueden conseguir: ¡ya quisiera yo haber logrado que todos mis alumnos prosperaran en sus estudios! Pero, si no se llega al mejor puerto, al menos tiene que quedarte el gusto de haber recorrido correctamente la travesía, de haberlo dado todo incluso aunque se malogre el objetivo.

Por eso no entiendo cómo hay tanta gente que te atiende sin una pizca de profesionalidad. Y no es solo mi experiencia consular, que me ha dado mil dolores de cabeza y cuya única conclusión, según las responsables, es que yo lo hice mal porque no hablé con la persona adecuada. Lo mismo me dijo el señor que me hizo las reformas de casa cuando luego no pasamos la inspección del gas: la culpa es mía por decirle que pusiera el calentador en tal sitio, cuando la normativa no lo permite. Mi respuesta en ambos casos es exactamente la misma: señores, los profesionales son ustedes. Yo no doy visados diariamente, ni hago reformas de casas. Es el consulado el que me ha de orientar bien desde el principio para que hable con las personas correctas, y es el albañil que reforma casas el que tiene que conocer las normativas de lo que está instalando. A mí se me caería la cara de vergüenza si viniera una madre y le dijera que la culpa de que su hijo o hija suspenda es suya, porque debería haberse informado de que yo no enseño bien. Y vuelvo a decir que errare humanum est, pero una cosa es equivocarse, y otra no tener idea de lo que uno está haciendo y, lo que es peor, intentar cargar las culpas (y una factura monumental, si es posible) al que solicita el servicio, que, evidentemente, no tiene por qué saber cómo funciona.

Lo que ocurre es que la profesionalidad ya no se valora, excepto en los trabajadores sexuales, donde la experiencia es un grado, o eso dicen. Habrá que quedar con alguno y comprobar si son los únicos que cumplen bien con su oficio. Os dejo, que tengo que llamar por teléfono. ¡No penséis mal! Voy a llamar al Consulado por quincuagésima vez... aunque seguro que me saldría más barato, y más placentero, llamar a alguien más profesional.

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