sábado, 17 de noviembre de 2012

Soy flamenquito

Acabo de llegar de las ferias populares de Camp de l'Arpa-Clot. Que diréis, ¿por qué se ido a ese barrio tan glamouroso al que no vas a menos que seas vecino de toda la vida? Pues a ver bailar a mis ex compañeros de la Escuela de Baile Rocío Gómez [Publicidad]. Qué envidia, cómo me gusta verlos bailar y cómo me gustaría estar ahí... Resulta que yo he sido alumno hasta este verano pasado, pero lo he tenido que dejar, entre otras cosas, porque me voy a México y, para que negarlo, porque no tengo un euro y no me lo podía permitir. Pero es que todos bailan muy bien, y Rocío, la profesora, es graciosísima, un terremoto marbellí que ríete tú de Julián Muñoz y toda la parentela, así que es normal que lo eche de menos...

Mi historia con las sevillanas viene de lejos, de mi más tierna infancia. En primer lugar, hay que decir que en mi casa, de flamenco, ná de ná: somos de verbena, pasodoble, tuna y copla, y de cantar de todo cuando nos juntamos, pero de sevillanas, cero. Mis padres en el fondo lo ven como "lo que bailan los de Sevilla", porque en casa el orgullo de Jaén está muy arraigado, y por eso se asombraron muchísimo cuando, con seis o siete años, me quise apuntar a sevillanas como actividad extraescolar. Hay que decir además que era el único niño de la clase, así que yo no sé por qué luego se sorprendieron cuando salí del armario: si yo, muy considerado, les había ido dado pistas. En fin, que allí me planté yo a aprender sevillanas, y acabé en el festival de fin de curso bailando delante de todo el mundo. Lástima, no me pusieron bata de cola y abanico, que favorece mucho, sino pantalones negros, sobrero cordobés y un pañuelo rojo con topos blancos anudado al pecho que, en realidad, de masculino tampoco tenía mucho. Nótese que yo era un niño rubio nórdico y de ojos azules: parecía un guiri de recorrido turístico con el traje típico reginonal. Existe documento gráfico, una foto en papel que vete a saber dónde anda. Mi abuela, por supuesto, orgullosísima, y desde entonces me suelta que soy "orgullo de raza" a la primera oportunidad. Ya ves, un cuadro.

El caso es que luego ya no me apuntaron más, y yo me fui olvidando de los pasos hasta la tardía adolescencia, cuando en las ferias alguna amiga me los iba recordando. Así que cuando me mudé a Barcelona y me enteré de que se celebra la Feria de Abril, imitando a la de Sevilla, ni me lo pensé: llamé a mis compañeras de fatigas, sobre todo a Maria, Carmen y Amalia, y organicé mi famoso curso "Sevillanas de emergencia": todos en casa, con suministros de vino para parar un decreto del PP, aprendiendo los ruinosos pasos que yo creía recordar. El resultado era estremecedor, pero aún así tras toda la tarde bebiendo y aprendiendo pasos, nos íbamos con nuestra santa borrachera en metro hasta el recinto ferial, a seguir bebiendo, digo, bailando, hasta las mil. Que además, la montábamos bastante gorda, sobre todo hace dos años: me puse a cantar copla y sevillanas en el metro y acabamos con todo el vagón aplaudiendo, jaleando y cantando. Elísabeth, nuestra amiga catalana de tota la vida, se moría de la vergüenza.

Finalmente, nos apuntamos a la Escuela de Rocío, porque ya estaba claro que necesitábamos una evolución, como los pokémon. Y menos mal, porque si no llega a enmendarme la mayoría de los pasos, hubiera seguido creyendo que yo bailaba sevillanas, y no aquella cosa con vueltas. Además, hice amigos y amigas, personas maravillosas de las que me voy a despedir esta noche, pues hemos quedado para bailar en una sala rociera. Así les diré hasta pronto, que los voy a echar mucho de menos en México, al que espero irme en dos semanas... Pero eso ya os lo cuento en otra ocasión.

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